En la mañana frente al espejo
Son las nueve y diez. No llegaré a clase jamás, pensé.
Hastiado de las horas que vienen y esquivando las líneas de sol que entran por la habitación, busco la puerta del baño. Me inclino, con las dos manos me lavo la cara, pero hago algo de presión sobre ella.
Espero un rato con la cabeza gacha, con los ojos cerrados siento como las gotas se deslizan por las mejillas y luego caen, cada una libre e independiente. Tal cual, levanto la cabeza, abro los ojos, y ahí estoy, o lo que se supone soy.
Como muchas veces que veo mi reflejo, no entiendo que es lo que busco en él, puede que algunas veces lo haga de vanidad, aunque no se dé que, nunca encuentro algo, carece de sentido. En un ovalo semi-alargado; dos ojos, una nariz, una boca, cejas algo pobladas, barba incipiente y vulgar. Si, es normal, pero sin sentido.
Recuerdo ese libro de Kundera, y me hago la reflexión de Teresa, sí este rostro que veo, se desfigurara, ¿Seguiría siendo yo? ¿Se podría seguir atribuyendo el nombre que recibo? Lo dudo, creo incluso que no es necesario perderlo para saber que no tiene atribución alguna.
Digo que no tiene atribución alguna, porque no refleja lo que siento o soy. Velo, hipocresía, máscara, como le digan, qué más da, no me importa.
Me seco lentamente, con la misma presión que ejercía con el agua segundos antes, vuelvo a abrir los ojos. Sigo buscando en ese rostro, ahora me acerco más al espejo, veo desorden; vello y pelo fuera de lugar, granos, poros, pequeñas cicatriz. Me distingo pero no me conozco.
Dejo la toalla a un lado, estiro los brazos, lo sé, son reflexiones que no llevan a ninguna parte, ni siquiera sé si son reflexiones.
Vuelvo sobre mi día, puede que llegue a clase de once.
Antes de salir, me miro nuevamente. Recuerdo que cuando era niño decían que si me veía mucho al espejo vería al diablo, ¡Qué bueno hubiera sido!.
Por lo menos sabría que lo que veo es el diablo y no pasaría tanto tiempo buscándole sentido a lo que veo en mi reflejo.
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