“Esta mañana pasaba por acá…”


Yo podría iniciar escribiendo un dialogo simple, algo como: “Esta mañana pasaba por acá… y llegaron a mi mente los recuerdos de los buenos tiempos, así que decidí venir a saludar. Ha pasado tiempo, lo sé. Veo desde acá que muchas cosas han resistido al tiempo, parece que no puede con todo…. Salvo con lo que fue de nosotros.”

Pero la verdad es que sus problemas de amor se reducen a su falta de sexo.

Podría continuar diciendo: “Mis cosas han vuelto a la calma, y no imaginas que tan aburrido es. Me enteré de tus asuntos por comentarios de nuestros comunes, que te casaste; que tienes una hermosa hija, pero sí creo conocerte, entonces aun debes leer en las noches nuestros poemas favoritos y claro, debes seguir escribiendo. Yo renuncié a eso hace mucho, algunas cosas pierden sentido cuando son tus propios pasos los que tienes que pisar para volver a comenzar en un sinfín de nuevas opciones.”

Pero se ve tan aburridamente predecible. Preferiría escribir que no soportaron verse nuevamente y las cosas habrían de terminar en lo de siempre, sexo sin el menor pudor, pues él no necesitaba la caridad de sus palabras, sino las de su cuerpo.

Si continuara, tendría un final como: “No puedo olvidarte y no me preguntes las razones por las cuales estoy frente a ti después de que todo está dicho, cada uno sigue en lo mismo y es mejor que me vaya.” Y terminaría una historia que quizás de principio a fin es predecible, o quizás no…

Porque creo también que en las historias como en la realidad, el sexo se disfraza de palabras, miradas y caricias,  que sigue siendo un protocolo, un medio para que algunos le den sentido a lo que otros llaman amor.

Que después de todo, nuestro amigo no buscaba la caridad de sus palabras, y que a las de su cuerpo le faltaba eso que viene en las miradas de ella después de tener un orgasmo, ese algo que tan desesperadamente busca en otra, pero que sin éxito termina tocando a su puerta y empieza diciendo: “Esta mañana pasaba por acá…”

Y hasta de pronto otro final tendrían. Uno que no podría imaginar.

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Blog de mierda

Duré poco más de media hora para decidir si lo escribía o no.

La primera vez que lo escribieron, anónimamente claro, reconozco que me afecto bastante, me puso a pensar si debería cerrarlo, que no era el momento  y a eso súmele que no llevaba más de 1 mes con él. Fue complicado, pero no, no abandoné este blog.

Así que no es la primera vez que me dicen que este blog es patético, empalagoso, que se habla mucha mierda,  que es una perdedera de tiempo, que busco la miserable comprensión de alguien desconocido, etc, etc.

Sí, puede que sea cierto, jamás lo he negado. Pero, léase bien: me importa un culo.

Y me importa un culo porque a la gente le importa un culo lo que pase con mi vida. Este parece ser mi único espacio y yo veré si lo lleno de poesía barata, historias mal logradas y desahogos chimbos. Si me siento, o no mejor después de hacerlo, seamos sinceros, a nadie le importa. Que si escribo sin usar la cabeza y que si no se me da la gana de escribir sobre un tema quemadito de moda –salvo que me guste- o "productivo"  para generar tráfico, lo siento. Confuso, sí, enredado, también, flojo y con pésima redacción, total.

Sí ni yo me entiendo a veces, como será el resto. Al final son mis palabras y lucho por plasmar algo mío en él.

Que a nadie le importa que pase con mi vida, es tan cierto como que no me importa que pase con la vida de otros, (excepto mis cercanos y queridos), y menos de los que no conozco.

Sí, me gusta que me comenten, de lo contrario no lo sometería al escarnio y mofa pública, eso solo tiene un fin, mejorar. Y es que al final son solo como 8 gatos que me leen, 3 que comentan y 1 que lo hace para que de verdad mejore.

Estoy empezando, y hasta que no me salgan palabras en otras cosas, esto es lo que hay.

No es la primera vez que me dicen que este es un blog de mierda. Yo no me cansaré de responder: Es mío, si no le gusta, no comente nada y váyase. 

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Aventura

De las cosas más difíciles que me piden es contar sobre mi vida.


Cada uno tiene una historia que contar, una aventura que narrar y en las tantas veces pasadas que me lo han pedido he sabido contar con orgullo una o dos. Pero la última vez que decidí hablar sobre una, sentí que me mentía, sentí indignación contra mí mismo.


Siento que he mentido las veces pasadas, no porque no hayan ocurrido, es el sentimiento de que realmente no caben en la palabra ‘aventura’, de que no han valido la pena, ni siquiera sé qué significado debería tener esa palabra.


Ahora siento ese peso a mis espaldas, desaliento, impotencia. Me recuesto boca arriba en la cama y pienso, si de verdad nunca tuve algo bueno que contar, ¿Por qué me afecta tanto? Podría simplemente mentir, el problema es que solo me mentiría a mí mismo y tan cansado estoy ya de eso.


Parece una idea inmovible. He tenido anécdotas, experiencias, bajonazos, desengaños, pero nunca aventuras. Parece que solo existen en los libros, en los cuentos mal logrados que muchos imaginamos, en los diálogos que inventamos mientras vivimos, como si existiera un tercero viendo o si fuera a escribirse más tarde, como si fuera una película. ¡Ah, ese afán que tenemos por desdoblarnos de nuestro vivir! Quizás todos buscamos eso, vernos desde afuera, para saber que está mal, que está bien, que opciones existen. Todos lo buscamos, pero cada quien de diferente modo, buscamos ver la aventura donde no la hay.


No, no he tenido aventuras, he asignado esa palabra a una serie de acontecimientos que aún no han terminado, porque una aventura tiene un comienzo y un final, nace para terminar. Si no puedo determinar el final de algo, ¿cómo sabría donde comenzó?


Dejar las aventuras a los libros, y hacer de ellas una realidad cada noche. Hasta cuando decida en donde inicia la mía parece algo sensato, por lo menos conmigo mismo.


Aunque no es lo que quiero
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Campanas de medio día

Ahora que lo pienso bien nunca había escuchado las campanas de la capilla. Me detuve, pues, durante 4 años jamás las había escuchado, pensé que conocía casi todos los detalles de la universidad.

Me moví a un lado para evitar el choque de quienes entran, o quienes vienen atrás. Justo al lado del conservatorio. Allí están las parejas de novios tomando el sol, parecen gotas de agua sobre el vidrio, todas son iguales y a la vez tan únicas, suspendidas en el tiempo, a veces trato de imaginar cual es el sonido en medio de ellos, eliminando las palabras y la respiración, quizás el sonido de las miradas.

Son las doce, las campanas no tan grandes y más bien lejanas aún suenan para los cercanos, los interesados en el detalle del tiempo. Y aunque no buscaba el detalle creo que soy el único que se percató de ellas, así que entre la luz que dejan pasar los arboles que formados perfilan los senderos de la universidad dirijo la mirada a donde creo, sin temor a equivocarme, que allí se encuentran.

Son las doce, el problema de esta hora es que es muy tarde para algunas cosas y demasiado temprano para hacer otras, es una hora muerta.

Algunas personas chocan contra mí, basta ver en sus miradas la desaprobación de mi posición, pues ¿Cuántos se detienen a perder su vista en una hora así? Pensamos ingenuamente que aún existen lugares lejos de los prototipos, de la alineación, del orden. Esta es la hora de buscar almuerzo, no es la hora para divagar en lo que nadie comprende, así como están las horas para dormir, tener sexo, comer o estudiar.

Agendas, citas, relojes, horarios, programaciones. Cualquier cosa que nos recuerde que estamos doblegados al tiempo es necesaria para no perder la imaginaria línea de trabajo, que seguimos desde la cama a la cama.

Son las doce, las campanas ya no suenan y cedo ante el protocolo. Voy a buscar que almorzar…
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