Una sociedad que desechar
Bogotá
es una ciudad hostil. Actúa como si fuera un gran organismo que todo lo engulle,
por medio de su clima, su suciedad, su gente.
Levanté
la mirada, una a una las imágenes monótonas pasaban por la ventana de este carro a un ritmo constante, pero ahora llevamos
quince minutos sin movernos, en esta parte de la ciudad no son frecuentes los
trancones, los pitos se oyen desde el más cercano al más lejano, como quien grita
y quienes lo siguen como borregos. Deben ser las diez de la noche. Cuando parece que por fin nos
movemos, nos detenemos una vez más, justo para lograr ver la causa de la demora,
algunos, con esa enfermiza actitud de morbo se ponen inmediatamente de pie. A
la izquierda hay una pelea, veo dos carros particulares y un taxi con sus
puertas abiertas. Hay un hombre en el suelo, su cara escurre sangre, imposible
saber de que parte exactamente, pide que no lo golpeen más, aunque es una petición
en vano, una patada al rostro ya ensangrentado aterroriza a quienes viajan
conmigo y los reclamos no se hacen esperar.
-¡No le pegue más! Grita una mujer de la
Defensoría por la ventana.
La
respuesta es inmediata
-No sea sapa, vieja hijoputa, ¿ o me va a pagar
usted la carrera? ¿Va a defender a la rata?
Ahora
todo está claro, un intento de robo, pero aquél hombre escogió el taxi
equivocado, el día equivocado, la hora equivocada.
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