Cuando moría por palabras de amor y desamor, te conocí, escribí y...
Cuando
moría por palabras de amor y desamor, te conocí, escribí y me curaste,
fueron tus labios, miradas, sonrisas, atenciones y cartas; el dolor cesó, la alegría nació.
fueron tus labios, miradas, sonrisas, atenciones y cartas; el dolor cesó, la alegría nació.
Me hiciste recordar lo mágico del amor: dulce como las mieles de la pasión,
amargo como un adiós, frio como los abrigos, bello y frágil como un jarrón.
Durante varios meses disfrutamos y sufrimos de esa enfermedad a la que llamamos amor: caminamos en el mar, corrimos en el cielo, reímos en el silencio, vivimos, padecimos.
Me
dedicaste treinta y tres canciones, con cuatro bailamos, con doce lloramos y
cantamos, y al ritmo de una, caímos en un pozo: sufrimos, nos ahogamos y
morimos.
En
esos tiempos, ambos conocimos la otra cara del amor: sufrimiento, tristeza y
desesperación; eran tus miradas, seriedad, nuestra ausencia. Sin atenciones,
sin palabras en papel, sin amor.
Me
curaste y mataste, reviví para volver a morir, morir de amor, de ti.
Tontamente, estúpidamente, dejamos que la miel fuera sal, lo amargo común, la pasión dolor.
Estaba
muriendo, moría de palabras de amor y desamor, cuando la conocí, escribí y…
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.
Nadie sabrá que fuiste mío bajo el cielo de estrellas delirantes y crepúsculos vagos, que llenaste mis labios con tu fuego y que cayó tu tristeza sobre mi como un canto.
Nunca sabrás jamás que te extraño...
En un principio fue el amor violento pero intentar hacer el amor contigo dentro de un poema, pero arrancarme palabras tibias en donde estarme yo y mi deseo de ti, pero buscarte entre frases peligrosas, de manera de encontrarte con tus brazos que me esperan y furiosa, obstinada, como alguien que encuentra un sostén en el preciso instante de su caída, precipitarme a ojos abiertos, a tu sonrisa que debiera celebrar más que sustento hecho de tu mirada, mi alimento incierto, mi única invocación. En un principio fue el amor violento.
Sobre la cama de sábanas destendidas
un segundo del tiempo que les fue dado
se encontraron más allá de la piel.
Por un instante el mundo fue exacto y bondadoso
y la vida algo más que una historia desolada.
Luego y antes y ahora y para siempre
todo fue un juego de espejos enemigos:
sólo hubo rechazos, cuerpos solitarios,
mal aliento, ilusiones no compartidas,
cartas banales, gestos rutinarios
y un paciente velar el cadáver de aquel instante.