Porque
los seres humanos, por insignificantes que seamos,
siempre tratamos de perdurar. De un modo y
otro, queremos
vencer
a la muerte, encontrar alguna forma de eternidad
Tomás Eloy Martínez – El cantor de
tango
Las ciudades, expresaba Italo Calvino en varios de sus
cuentos, no están construidas solo por la fortaleza de sus cimientos, las
calles sin aparente fin o las innumerables puertas y techos que la protegen,
también están construidas de relaciones entre las medidas de sus espacios y los
acontecimientos del pasado que allí se esconden, es decir, la memoria que allí
se forma.
Bogotá no es la excepción. Sin embargo, la formación de su
identidad a partir del pasado es casi nula, más por el olvido de sus habitantes
y el desinterés de sus gobernantes, que por el paso del tiempo que desgasta
lentamente las plazas y los monumentos. Esta relación entre ciudad y memoria es
compleja y difícil, porque depende, directamente, de las circunstancias que
envuelven un momento histórico en específico y la persistencia de los grupos
sociales afectados.
Históricamente Bogotá, que ha pretendido alejarse del resto
del país, fue epicentro de sucesos que repercutieron en todo el territorio
nacional y con el paso de los años, la formaron en lo que es ahora.
Difícilmente podría atribuírsele una identidad, pero tiene las marcas del
conflicto y los intentos de paz: El Capitolio Nacional aún tiene la sangre de
Rafael Uribe Uribe, una marca que condenó las ideas progresistas a un eterno
letargo o la sombra del Bogotazo, que se extendió sobre el país por más de diez
años dejando miles de muertos y millones de desplazados. La lista es inmensa, pasa
por el asesinato de Galán en las cercanías de la ciudad, los asesinatos selectivos
a los miembros de la UP por innumerables calles, el fuego que todavía arde en
el Palacio de Justicia, las luchas vigentes de Gonzalo Bravo y un poco más
atrás, los nombres olvidados que dieron origen a la Plaza de Los Mártires.
Como un acto de reciprocidad, en Bogotá convergen las
consecuencias de una guerra rural y lejana. Actualmente, residen en la ciudad
más de 520.000 víctimas, más de la mitad en situación de desplazamiento forzado
y casi 10.000 de estas pertenecen a comunidades indígenas. Los esfuerzos son
mínimos y estas personas, ajenas a nuestras realidades, también se difuminan en
los enormes grises y pronto hacen parte de un paisaje común.
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