Antes del adiós
Mientras se lee...
Él se encontraba al otro lado de la calle, el semáforo en verde le impedía pasar, ella aun no había notado su llegada.
Es difícil describir que sentía en ese momento, minutos antes ella solo dijo “Tenemos que hablar” y nada más. ¿Acaso sería el final de todo? ¿Se iría, rompiendo los juramentos, no palabras, sino los del alma?
Entonces recordó como la conoció, una tarde gris, un tema trivial y unas cervezas que romperían el hielo, luego un acercamiento, un beso, dos besos, tres besos y la prolongación de los mismos hasta que juntos vieron el sol salir.
¿Cómo debía recordarla? De pronto rogaría por que le diera otra oportunidad, le recordaría las promesas, los planes juntos y las metas que habían planeado en esos últimos 2 años, las tardes perdidas en el centro, las tardes de primavera. Algún chantaje emocional servirá, había funcionado muchas veces atrás, esta vez podría ser igual.
Pero no, no sería así, la dejaría marchar, aceptaría lo que fuera y la mantendría en su interior, era una mujer magnifica, orgullosa, arrogante pero dulce y necesaria.
En todo este tiempo las decisiones las había tomado en relación a lo qué ella pensaba, consejos o criticas, siempre ella tuvo la última palabra, si fue un error o no, ahora no importaba, no importo antes, no importaría ahora.
Incluso, no veía porque no podía seguir siendo de ese modo. Si, es mejor así, en silencio tomaría cada decisión como si ella siguiera a su lado, ¿Quién lo sabría? No podrían notarlo y así, ella seguiría acompañándolo hasta que el tiempo la desprendiera de su vida.
La mejor forma para dejarla ir es inmortalizándola en sus recuerdos y reflejándola en sus futuros pasos. Nunca más serían tan felices como lo fueron en este tiempo juntos.
¿Para qué desear la inmortalidad de los instantes de felicidad? La magia de un período de felicidad reside en que inconscientemente sabemos que el final, siempre llega, y es precisamente eso lo que le da un valor extraordinario a cada momento de felicidad. En otras palabras, el final de cada instante dota de inmensurable valor ese mismo instante, cada momento es único e irrepetible, entonces la realidad abre campo a los recuerdos y sueños, como motores de esperanza.
Él lo sabía, y por eso no diría nada cuando ella se despida.
El semáforo cambió a rojo, y los autos se detuvieron. Ahora estaba resignado, pero tranquilo, no bajó la mirada. “Es increíble que aun no me haya visto” pensaba.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, ella por fin sintió su presencia, no tuvo que girar mucho la cabeza. Cuando las miradas se encontraron, él quedo perplejo ante la sonrisa que se dibujo en ella.
Lo tomó de las manos y lo abrazó muy fuerte, sintió una extraña calma.
No, no sería el adiós.
Él se encontraba al otro lado de la calle, el semáforo en verde le impedía pasar, ella aun no había notado su llegada.
Es difícil describir que sentía en ese momento, minutos antes ella solo dijo “Tenemos que hablar” y nada más. ¿Acaso sería el final de todo? ¿Se iría, rompiendo los juramentos, no palabras, sino los del alma?
Entonces recordó como la conoció, una tarde gris, un tema trivial y unas cervezas que romperían el hielo, luego un acercamiento, un beso, dos besos, tres besos y la prolongación de los mismos hasta que juntos vieron el sol salir.
¿Cómo debía recordarla? De pronto rogaría por que le diera otra oportunidad, le recordaría las promesas, los planes juntos y las metas que habían planeado en esos últimos 2 años, las tardes perdidas en el centro, las tardes de primavera. Algún chantaje emocional servirá, había funcionado muchas veces atrás, esta vez podría ser igual.
Pero no, no sería así, la dejaría marchar, aceptaría lo que fuera y la mantendría en su interior, era una mujer magnifica, orgullosa, arrogante pero dulce y necesaria.
En todo este tiempo las decisiones las había tomado en relación a lo qué ella pensaba, consejos o criticas, siempre ella tuvo la última palabra, si fue un error o no, ahora no importaba, no importo antes, no importaría ahora.
Incluso, no veía porque no podía seguir siendo de ese modo. Si, es mejor así, en silencio tomaría cada decisión como si ella siguiera a su lado, ¿Quién lo sabría? No podrían notarlo y así, ella seguiría acompañándolo hasta que el tiempo la desprendiera de su vida.
La mejor forma para dejarla ir es inmortalizándola en sus recuerdos y reflejándola en sus futuros pasos. Nunca más serían tan felices como lo fueron en este tiempo juntos.
¿Para qué desear la inmortalidad de los instantes de felicidad? La magia de un período de felicidad reside en que inconscientemente sabemos que el final, siempre llega, y es precisamente eso lo que le da un valor extraordinario a cada momento de felicidad. En otras palabras, el final de cada instante dota de inmensurable valor ese mismo instante, cada momento es único e irrepetible, entonces la realidad abre campo a los recuerdos y sueños, como motores de esperanza.
Él lo sabía, y por eso no diría nada cuando ella se despida.
El semáforo cambió a rojo, y los autos se detuvieron. Ahora estaba resignado, pero tranquilo, no bajó la mirada. “Es increíble que aun no me haya visto” pensaba.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, ella por fin sintió su presencia, no tuvo que girar mucho la cabeza. Cuando las miradas se encontraron, él quedo perplejo ante la sonrisa que se dibujo en ella.
Lo tomó de las manos y lo abrazó muy fuerte, sintió una extraña calma.
No, no sería el adiós.
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